Burbank, California
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La inmigración en EE.UU.: ¿Cómo te afecta? |
Desde otro ángulo
A pesar de que soy una inmigrante de América Latina, que aún no se ha convertido en ciudadana estadounidense, la política de Obama con respecto a los SOÑADORES (DREAMERS) no me afecta o ayuda en absoluto. Y tampoco lo habría hecho por una sencilla razón: pertenezco a los inmigrantes del otro lado del espectro, es decir, los que deben hacer fila durante años para que algún día puedan recibir la tan ansiada residencia legal, mejor conocida como “tarjeta verde”.
Llegué a este país con todos los documentos legales para trabajar como maestra, con un permiso de trabajo renovable cada tres años. Para convertirme en residente legal, mi empleador me patrocinó, en un proceso que se demoró 7 años. Por supuesto, si me hubiera casado con un ciudadano estadounidense, habría obtenido la residencia en menos de un año.
Yo soy una de las afortunadas, es decir, una de las que contaba con una visa de trabajo y la disposición de un patrono para ayudarla a obtener la tarjeta verde. Sin embargo, por cada persona que posee los medios necesarios para lograr ser un residente legal en este país, existen muchos que no cuentan con esa posibilidad. Como maestra, fui testigo de esa situación.
Durante mi carrera en la educación, me desempeñé durante 9 años como maestra de ESL para niños de tercero a quinto grado en una escuela rural en un estado del sur de los Estados Unidos. Atraídos por las ofertas de empleo para trabajar en el campo o en empacadoras de pollo y pavo, en condiciones que ningún estadounidense soportaría, miles de mexicanos y posteriormente guatemaltecos, llegaron al pueblo donde yo trabajaba. Muchos de ellos traían consigo a sus familias, con la esperanza de dar a sus hijos las oportunidades de las que carecían en sus países de origen.
Me dediqué a enseñarles inglés y la cultura estadounidense para facilitarles la transición a la vida en este país. Muchos de ellos se maravillaban de la tecnología que la escuela poseía para la enseñanza y me contaban de cómo era su vida en sus lugares de origen, desde el hogar donde vivían hasta la escuela a la que asistían. También hablaban de lo que serían cuando fueran “grandes”.
La mayoría decía que quería convertirse en médicos, abogados u odontólogos. Otros querían ser bomberos o policías. Algunos incluso soñaban con ingresar al ejército.
Yo solo los escuchaba sin atreverme a despertarlos de sus SUEÑO. Siendo tan jóvenes, aún no se daban cuentan de que su estatus migratorio era diferente que el del resto de sus compañeros de clases. Ellos no sabían que existe otra forma de entrar a este país, considerada legal, además de la que ya conocían: cruzando a pie la frontera durante la noche o escondidos en camionetas. Ellos solo sabían que sus padres los habían traído a un país donde se comen hamburguesas y pizzas y no frijoles y tortillas.
La mayoría de esos estudiantes ya se han graduado o están a punto de graduarse de la preparatoria. Y la gran mayoría, para esta época, ya habrán despertado de su SUEÑO y se habrán dado cuenta que su estatus migratorio es la barrera que los detiene para convertirse en los hombres y mujeres que soñaban ser cuando eran niños.
Yo siempre pensaba: ¿Qué logro con enseñarles inglés y la cultura de los Estados Unidos, si esa misma cultura los rechaza? ¿De qué les va a servir el idioma, si no podrán usarlo en un área universitaria?
La respuesta era muy simple: para darles voz y un sentido de identidad.
Yo nunca perdí la esperanza que algunos de mis estudiantes lograran la posibilidad de asistir a la universidad, aunque no pudieran ejercer su carrera en forma inmediata. Pero, si estaban preparados para cuando llegara una reforma que los sacara de las sombras, podrían ofrecer su mejor esfuerzo al país que consideran suyo.
La política que se dio a conocer el pasado 15 de junio tal vez sea vista como una táctica política para lograr el voto de los latinos en las próximas elecciones. Incluso algunos señalan que el mundo lo vería como un anuncio de “vengan a los Estados Unidos en forma ilegal que nosotros arreglamos su estatus”. Pero cualesquiera sean las críticas que levante, es un paso muy importante que se ha dado para ayudar a aquellos a quienes nunca se les consultó para traerlos a este país.
No. La política de Obama no me ayuda a obtener la residencia ni a convertirme en ciudadana. Pero si ayuda a quienes vinieron a este país con un gran SUEÑO y pocas posibilidades de poderlo convertir en realidad.
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